Karl Held – Emilio Muñoz

Perestroika

Moral, en vez de socialismo

Índice II.

Introducción (1988)

Deplorar la ausencia de democracia en el socialismo real es lamento que dejamos a los desilusionados de siem­pre: esos maestros de la arrogancia democrático-imperialista, que ahora, aunque no saben lo que la perestroika es, anticipan su fracaso, porque se les antoja una transición democrática frustrada para devolverle a unos rusos acos­tumbrados al despotismo las secuestradas libertades. Y con ellas todo lo demás: un caudillo por la gracia del pueblo, como Reagan o Felipe, una bolsa de valores, el paro y muchos partidos políticos.

También cedemos la pesquisa de averiguar el grado de sinceridad de la política soviética de paz a los agentes del pluralismo democrático. Al fin y al cabo a ellos les encan­ta ver las ofertas soviéticas de desarme como la obra de un estadista de gran valía, casi como uno de los “nuestros”, tan de fiar como un abogado neoyorquino, según sus interlocutores norteamericanos. Como que si por él fuera, ya estarían los rusos pidiendo el ingreso en la OTAN. Pero está el “sistema” enemigo e incompatible con el nuestro, que obstaculiza ver realizado el hermoso sueño de nuestro “sistema de vida” impuesto en todas partes.

De manera que a quienes están a favor del capitalismo democrático les bastará, para seguirlo estando, con creer del otro sistema una sola cosa: que “nos” amenazaría. No precisan leer este libro. La lectura que alimenta su ignoran­cia abunda en los kioscos, y si les aburre, allá ellos.

Quienes están en contra tienen otras preocupaciones, y necesidades de razones. Si el PCUS ha construido a partir de una crítica del capitalismo una potencia socialis­ta mundial, dotada de funcionarios civiles, diplomáticos y militares, y sostenida por un modo de producción donde ha realizado sus ideas sobre la planificación, el dinero y la gestión. Si además el PCUS hace política exterior según unos principios muy claros sobre lo que son las relaciones entre los estados, vale la pena, para todo adversario del capitalismo, examinar qué clase de crítica es la que el PCUS hace al sistema capitalista. Desechando toda preo­cupación por la democracia y la nación, se puede plantear, entonces, a las claras, la cuestión de cómo se lleva la línea general del PCUS con la causa de la revolución socialista mundial. El tema de este trabajo.

I. La economía política del socialismo

La idea de instaurar el socialismo fue, para los funda­dores del estado soviético, la conclusión necesaria de la crítica marxista del capitalismo que compartían. Hoy, 70 años después, el PCUS, remitiéndose a Marx y Lenin, ha revisado la crítica del capitalismo para fundarla en una comparación con su propio sistema: “Por primera vez en la historia, el estado tiene la posibilidad de organizar y dirigir el desarrollo de la economía en el marco de la sociedad”...

“ El estado burgués jamás puede alcanzar el nivel de planear y dirigir la producción social en su conjunto. Aún en la guerra, donde el capitalismo monopolista de estado alcanza su más alto grado, es imposible la dirección plani­ficada de la totalidad de la producción, porque el interés privado basado en la propiedad privada, o sea, el interés de la ganancia, sigue siendo la ley suprema”.

Comparación mediante, el PCUS dictamina un defec­to del capitalismo, cuyo estado evidentemente no registra como tal. Y no solamente eso. Porque el estado burgués además de vigilar con su fuerza para que la propiedad privada siga siendo la “ley suprema”, se siente tan a gusto como poder político en su sistema que lo alaba por sobre todas las cosas y busca demolerle cualquier obstáculo a su expansión externa. La “posibilidad de organizar y dirigir” sería una ventaja si se piensa que la relación normal en el capitalismo entre la “economía” y el estado limita y traba al poder político, un poder que precisamente impone sin miramientos las reglas del juego del capital. Mal huele que el PCUS, que tendría que saber que destituir a cualquiera de las instancias políticas “impotentes” es una cuestión de lucha, opere con abstracciones burguesas como “la econo­mía”, que tienen sus bemoles.

El PCUS alaba al socialismo con el apabullante argu­mento que en él el estado tiene mucho más que decir que el estado de clase en la sociedad burguesa, y precisa que las atribuciones estatales respecto de la “producción” y la “economía” se han incrementado, lo cual constituye una bendición. Frente a tales loas al socialismo la tentación de recurrir a Marx es irrefrenable. Este economista propuso abolir unas relaciones de producción que reposan en la explotación de los trabajadores, mantenida y protegida por el correspondiente poder estatal. No pensó que la abolición fuese un programa para ampliar las competen­cias del estado sobre el desarrollo de la economía.

Los socialistas reales contemporáneos, por el contra­rio, mientras comparan a su sistema con el capitalismo “justifican” la abolición de la propiedad privada de mane­ra muy singular:

“ Fue no solamente desde el punto de vista del desarro­llo de las fuerzas productivas históricamente necesario, sino también legítimo”.

Que un motivo tan irreprochable para la revolución socialista; tenga su acta labrada ante notario público, ¿ quién le interesa? ¿qué clase de crítica encierra el diag­nóstico estimadísimo, según el cual las relaciones de pro­ducción y las fuerzas productivas andan a las patadas, así como la caracterización de las crisis, el estancamiento y la descomposición como las cosas feas e inaguantables que tiene el capitalismo?

Así se le enrostra al capital, que impulsa despiadada­mente las fuerzas productivas contra la naturaleza y el obrero, nada menos que su fracaso en el cuidado y creci­miento de las fuerzas productivas. El socialismo, por su parte, muestra en este campo su incuestionable superiori­dad. Ésta se explica, según el PCUS, porque en el socialis­mo el estado cumple por fin con su vocación: ahora sí puede determinar la producción y la distribución de la riqueza y poner en movimiento todas las palancas para aumentarla.

El estado erige así un nuevo modo de producción, y saca del capitalismo el nombre para sus palancas, que por su contenido son categorías económicas de “nuevo tipo”.

Las palancas de la planificación

1. La mercancía socialista

En las sociedades del socialismo real, como en todas partes, la riqueza se presenta en la forma de valores de uso. Se trata de productos del trabajo que según sus características satisfacen necesidades del consumo o de la producción. Un hecho en sí reconfortante, si no fuera que los productos tienen también un precio. El estado socialis­ta, que dirige la producción y la distribución de la riqueza, estipula el precio de las mercancías, impone así las relacio­nes de intercambio entre los diversos productos que consi­dera provechosas y justas.

a) El estado socialista promueve activamente la justi­cia social porque se constituyó en “sujeto directivo de la economía” y ampara reivindicar un derecho que a la clase obrera, como medio del capital, se le niega. Se empeña en que quienes crean la riqueza, cuando deben hacer frente a las necesidades de su existencia, no fracasen en un merca­do donde mandan la posesión de dinero y la habilidad comercial en confeccionar los precios de quienes tienen algo en venta. El estado socialista es enemigo del poder privado del dinero, el rasgo característico del mundo de la propiedad privada, y partidario de la subsistencia garanti­zada de los trabajadores. Él decide sobre el monto del salario y sobre el precio accesible de los artículos de consumo que aquéllos necesitan.

b) Es curioso que dada esta conducta del estado a él le parezca útil adjuntarle la forma del precio a los resulta­dos de una producción que funciona bajo su poder políti­co. Así los planificadores socialistas insuflan vida a un mercado para después planearlo; sabiendo de los límites que el precio impone al disfrute de los valores de uso, conociendo el antagonismo de intereses entre compradores y vendedores –la necesidad de valores de uso contradice la necesidad de ganar y acumular todo el dinero que se pueda, el equivalente de cualquier clase de riqueza mate­rial– introducen sin embargo la subordinación del valor de uso al valor de cambio. Con la salvedad que el inter­cambio mercancía-dinero se corresponda con los resulta­dos distributivos apuntados. El estado socialista al instalar un mercado sin competencia –a nadie se le permite modi­ficar los precios como arma económica– y someter simul­táneamente todo a los principios del dinero, monopoliza el poder del dinero.

c) Este proceder, que por último revela el programa económico de una dominación política benefactora, pro­clama al dinero, la medida de la riqueza abstracta, como un medio excelente para la planificación. La producción y la distribución de la riqueza en beneficio del pueblo debe entonces realizarse utilizando al dinero únicamente según los propósitos estatales. El estado socialista con su mono­polio de la fuerza se dota de un singular monopolio eco­nómico al definir en la práctica, mediante su “sistema de precios planeados”, los resultados de la circulación que considera oportunos. Los éxitos de “su economía” los mide en dinero, opera con las magnitudes monetarias de su presupuesto y según el balance decide sobre la riqueza a producir y sobre los rendimientos de los productores. A la finalidad del incremento monetario la declara de su competencia exclusiva, y de su logro hace depender la participación de todos de la riqueza material. Para estar en condiciones de cumplir con su programa socialista el estado dicta a su sociedad servicios monetarios.

d) La existencia de esta peculiar “relación mercancía-dinero”, que una vez establecida se aprovecha como palan­ca (aquí sí que tienen razón los amigos del “sistema de planeamiento y dirección”) no puede confundirse con el capitalismo. Los planificadores socialistas “al comando de la economía” no quieren lograr la subordinación pura y simple del valor de uso al valor, la sujección de la produc­ción y la distribución de la riqueza al propósito de la acumulación de dinero. Para ellos es el “sistema de cálculo económico” que opera con magnitudes de riqueza abstrac­ta un medio eficaz para “controlar” y “estimular” la pro­ducción y la distribución de la verdadera riqueza. Se pue­de adelantar ya que esta clase de complejo comando eco­nómico tampoco puede confundirse con una planificación racional de la producción. Porque si lo que se produce sirve al incremento de las magnitudes de valor definidas en el presupuesto del estado o si realmente aumenta la rique­za material son dos cosas muy distintas. Tal como lo notan las comisiones y expertos económicos cuando se quejan de las serias dificultades en la evaluación; empeñados además en la búsqueda infructuosa y eterna de una “ley objetiva del valor en el socialismo”.

e) De la contradicción que significa la existencia de un “mercado planificado” surge que los mismos represen­tantes oficiales de la clase obrera que tanta aversión tienen a planear el trabajo según las condiciones materiales y en provecho de los productores –para lo que serían mucho más útiles los conocimientos tecnológicos que el enigma de una “comparabilidad” de los obreros– muestran una fuerte inclinación a incorporar “condicionantes” a la pro­ducción de los que nadie se salva así nomás. Evitan el imperativo razonado de una producción útil, pero ponen en vigor las “leyes del socialismo”.

2. La ganancia socialista

Para lograr que las empresas empleen de la manera apuntada y efectiva los materiales y los medios de trabajo el estado socialista se vale de una pauta cuyo origen no yace en las características propias de una producción dada sino en la decisión que la riqueza indispensable para aco­meter todas las obras bienhechoras, tiene que estar, pri­mero, a disposición del estado, segundo, en la forma de cantidades de dinero que, tercero, deben crecer. La pauta se llama ganancia y representa, como indicador económi­co del plan, la prescripción, para las empresas, a obtener el mayor excedente posible sobre los costos de producción. Como los precios de compra y venta están “planificados” se plantea la pregunta muy práctica de cómo hacer para que el indicador “ganancia” pase de ser una triste cifra de cálculo y se convierta en la meta interesada y propia de los colectivos laborales. Las respuestas no son menos contra­dictorias que el interrogante. La palanca “ganancia” que debe impulsar el desarrollo de la producción “estimula” una gama de vicios y prácticas perniciosas sobre las que los partidarios de la explotación capitalista derraman su sorna venenosa.

a) La idea que los planificadores socialistas al introdu­cir sus sistemas de indicadores puedan haber seguido el ejemplo del capitalismo es errónea. Los hombres de nego­cios, en el capitalismo, realizan ganancias que engrosan su patrimonio, y todos sus trajines al manejar los “factores de la producción” apuntan a ese fin, para el cual el mercado proporciona los medios adecuados. Las empresas socialis­tas, una vez hecho el trabajo, logran un excedente cifrado en dinero sólo si la relación entre los precios de compra y de venta decretados por el estado lo permite. Ellas no disponen de las técnicas de la competencia frente a clientes o proveedores, y el dinero que obtienen no es el poder privado materializado a su libre disposición, sino que constituye el material para las decisiones del estado. Así se anula cualquier motivo para que la dirección de las empre­sas organicen la producción de tal forma que pueda actuar como medio del éxito comercial realizable en el mercado. Y por esta misma razón es que la optimización de la relación costos-excedente figura entonces como un “estí­mulo” especial, sobradamente justificado según el estado, para que las empresas se esmeren en el uso diligente de las fuerzas productivas. La denominación “indicador básico de la planificación” no caracteriza entonces nada bien las cosas.

b) Debido a las razones apuntadas es que la “iniciati­va” del estado surte efecto sólo si provee a las empresas con los indicadores de ventajas adicionales para el caso que ellas satisfagan sus deseos y generen un saldo positivo en los balances. La alternativa de castigarlas o sancionar­las se descarta porque atenta contra los principios socioe­conómicos del socialismo real. Y el cese de la producción es impensable, ya que de lo que se trata es justamente de su progreso irresistible. No es el cálculo del “valor” una finalidad en sí, sino la forma de la gestión estatal para impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas. La fuer­za productiva por excelencia es, para el estado socialista, el obrero. Y “el trabajo”, contra lo dicho por Marx en la Crítica del Programa de Gotha, la fuente de toda riqueza. Considera entonces al despido un crimen y garantiza el derecho al trabajo.

c) Para que las empresas al producir cumplan con los balances económicos estatales el estado les asigna o cede recursos provenientes de su presupuesto que luego en la forma de fondos y atribuciones se reparten entre la direc­ción, el personal en su conjunto y la producción, y que actúan como incentivos para que valga la pena, para el colectivo laboral, esforzarse en obtener ganancias. Para obtenerlas, la forma normal de estimular a las empresas consiste en la modificación de la relación entre la parte de la ganancia que debe transferirse al presupuesto del estado y la que debe quedar en las empresas. Ésta última influye sobre el fondo salarial de las empresas, así como sobre los recursos propios que ellas puedan destinar a renovar y ampliar la producción. Paralelamente funciona un sistema de premios salariales cuyos principios los define el cumplir y sobrepasar con unas metas de producción asignadas.

d) Una vez creado el incentivo para la ganancia falta todavía un buen rato para que el cálculo del estado socia­lista dé los resultados deseados. No porque las empresas se desinteresen de la estimulante oferta y haraganeen, sino porque a ella acceden, poniendo en práctica de manera consecuente métodos para obtener y aumentar las ganan­cias sobradamente conocidos por la opinión pública sovié­tica: producir más, en menor tiempo; ahorrar en los me­dios de producción; ¿existe la posibilidad de elegir entre diversos productos?, pues se fabrica el que se pueda ven­der más o a mejor precio, y se anda con cautela con los otros; ¿son las relaciones de precios favorables?, entonces a sacarles provecho, logrando un éxito de la empresa que hace innecesaria la puesta en servicio de nuevos equipos, que si bien permiten aumentar la productividad y obtener productos de mejor calidad, impiden cumplir con el “indi­cador” de ahorrar en medios productivos. Pero aún en los casos donde los recursos de los fondos propios de las empresas se emplean honrada y racionalmente la conduc­ción económica del plan observa una consecuencia muy singular: a las empresas que “les va bien”, usando las palancas estatales a veces les va mejor, a las que “les va mal”, ausentes con los méritos las gratificaciones, les va de mal en peor.

e) El “egoísmo indicado” de las empresas les ocasiona a quienes lo planifican sus problemas. Pagan así la negli­gencia de no planear la producción social. La preferencia que otorgan a los criterios del dinero, asentada teóricamen­te en la “valoración” del valor, que observados rigurosa­mente deben desarrollar las fuerzas productivas a niveles cada vez más elevados, genera resultados negativos hasta para un partidario de la idea de “alcanzar y sobrepasar al capitalismo”. Por eso hay confesiones de este tipo: “La ganancia como indicador económico no refleja la efectivi­dad en su conjunto de la producción. Bajo ciertas condi­ciones, tal como la experiencia lo ha probado, el aumento de la rentabilidad de una empresa puede ir acompañado de una caída de la producción y de un abandono de los intereses del consumo”.

Tales hallazgos prueban menos una cierta comprensión de lo que pasa que la intención de seguir por la misma huella, mejorando el “sistema de indicadores del plan”. Los fenómenos a los que alude el autor, y de los que doña experiencia es testigo, tienen como sus condiciones ciertas, precisamente a las condiciones que los planificadores so­cialistas les han impuesto a sus empresas. Y su disgusto se refiere a algo sistemáticamente estimulado por ellos mismos: la separación entre el éxito financiero y los resulta­dos materiales de la producción. Siguiendo este imperati­vo unos artículos útiles, de calidad, y el trabajo productivo tienen que aparecer en el balance como pérdidas, y a la inversa, la producción de deshechos con métodos de fabri­cación obsoletos puede figurar orgullosamente como supe­rávit. Por supuesto que quien no advierte contradicción alguna en los decretos socialistas que recomiendan a las empresas, por un lado, el ahorro en los gastos de explota­ción y en las inversiones, y por el otro la obtención de ganancias mediante la producción de “artículos de alta calidad en la variedad deseada”, se encuentra frente al enigmático problema de la “proporcionalidad” en la plani­ficación socialista. Sobre el cavila, mientras repite cien veces que la adquisición por parte de las empresas de los medios para ampliar la producción debería “autocostearse”. Nuestro amigo de la ley del valor ha pasado por alto que el autofinanciamiento no sólo existe sino que hasta está prescrito y planificado como no provechoso por el estado en la forma de una escasez de fondos para los bienes de inversión. Razón por la cual los planificadores preparan una “reforma económica” tras otra y calculan nuevos precios e indicadores económicos que actúen como correctivos.

f) A raíz de las “dilaciones” cada vez más notorias en el “desarrollo de las fuerzas productivas” –a los socialis­tas reales les gusta seguirse comparando con el capitalismo en descomposición– a los planificadores se les ha ocurri­do una idea que no tiene nada de económica, y con la que puede cumplirse por encargo en el socialismo mejor que en ninguna otra parte. Razón de más para que entonces se deba cumplir con ella a todo trance. Su nombre es “revo­lución científico-técnica”, y se trata en realidad de una ideología que parafrasea una necesidad del estado socialis­ta que las empresas, malgrado los indicadores que “deben fundir en un todo armónico los intereses de las empresas con los intereses del estado”, no satisfacen. Al estado le preocupa, en consecuencia, “el retroceso del nivel técnico de la economía en su conjunto”, diagnóstico sumamente grave porque “el progreso de la ciencia y la técnica es la palanca principal para la creación de la base tecnológico-material del comunismo”. Queda la esperanza que algún día los responsables socialistas reflexionen sobre el impe­dimento que a veces se alza tan duramente frente a las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Por lo menos se ahorrarían las frases del “proceso de lucha entre lo nuevo y lo viejo, lo progresivo y lo conservador”, que no son palancas para nada ni nadie.

3. El salario del socialismo

Está convenido que sean los trabajadores los beneficia­rios del mercado planificado. Para tal propósito existe en la contabilidad del estado y de las empresas un fondo salarial. Su monto, que debe crecer con los éxitos del plan, determina lo que obtienen quienes trabajan para disfrutar de la vida. La condición para el progreso salarial es enton­ces el buen resultado financiero que el estado obtenga con su sistema de cálculo económico. Pero como justamente aquí abundan los inconvenientes aparece “un antagonismo entre la acumulación y el consumo”, y también la necesi­dad de un rendimiento laboral de características muy par­ticulares: los trabajadores además de trabajar deben hacer méritos en la producción contribuyendo a eliminar las tan lamentadas anomalías allí presentes. Así el salario pasa a ser una palanca y la dirección del planeamiento una cam­paña de moralidad.

a) Es una burla que en el socialismo real el salario figure como una magnitud de costos, reducibles en relación con los recursos destinados al desarrollo planificado de la renta nacional. Ella se basa en la difundida ocurrencia económica de una “misma olla” para costear “consumo y acumulación”, que lamentablemente obliga a decidirse hoy por la acumulación planificada y la abstinencia, en nom­bre de los disfrutes del mañana. Primero debe aumentar la productividad y luego el salario. Esta “ley” es tan hermosa que a ella debieran atenerse quienes la inventaron. Porque aparte de que a nadie se le ocurre afirmar lo contrario el “antagonismo” a que se alude con tanta sabiduría políti­co-económica consiste simplemente en que un número cada vez mayor de asalariados crean cada vez más riqueza sin que puedan con creces disfrutarla; una riqueza que ni siquiera es apta para contentar a quienes la administran.

Para los trabajadores la broma se torna aún más pesada. Dada la existencia de precios planificados para los artículos de primera necesidad, los trabajadores soviéticos no notan, como los asalariados occidentales, la escasez en su bolsillo, ni sufren bajo una oferta de productos fuera de su capacidad de pago, sino que tienen sus ahorros y el problema dónde y cuándo comprar algo que valga la pena. Claro que los precios de los alquileres, la comida y la vestimenta son baratos, ¿pero de qué vale si lo que hay escasea o no sirve? Y que se sepa que esto no es una campaña difamatoria al estilo occidental y cristiano para deplorar la ausencia de la “iniciativa privada”, sino el tenor de los debates que oficialmente se llevan a cabo en las comisiones económicas, las revistas especializadas y la prensa soviética en general.

b) Para superar los sistemáticamente “palanqueados percances”, vinculados en su totalidad con la separación entre los resultados materiales de la producción y la contabilización estatal, los planificadores decidieron, hace ya bastante tiempo, poner en práctica y estimular una “inicia­tiva del individuo de nuevo tipo”. Elaborada con pericia en puros casos especiales, ella da a los trabajadores sovié­ticos la oportunidad de gozar de un vivaz sistema de primas salariales y de participar en la incesante “emulación socialista”. La dirección de las empresas “estimula” conti­nuamente a los trabajadores para que brinden rendimien­tos extra a cambio de recompen sas en dinero o en servi­cios. Y todo aquél que combate por cuenta propia o mejor organizado en una brigada, la infrautilización “planifica­da”, o la omnipresente producción de deshechos, es felici­tado y premiado. Por supuesto que la generalización, jun­to a la “desidia” habitual, del destajo, las primas y las movilizaciones extra de mano de obra, en donde las pre­siones y las peticiones se contrapesan, no garantiza el éxito al que el estado aspira. Y lo que se alcanza es una combinación perfecta entre el ya citado “egoísmo” de las empresas con el oportunismo, a sabiendas fomentado, de los trabajadores. Decenas de años de grandes esfuerzos para justificar y “planear” minuciosamente una jerarquía salarial, dotada de un sistema de estímulos materiales cien veces perfeccionados y normados no han logrado el mila­gro que los trabajadores, mediante su “accionar responsa­ble”, y premiado, puedan compensar todos los daños que sistemáticamente ocasiona la economía de palancas. Y menos lo logran algunos activistas ejemplares, héroes del trabajo que a veces salen en los periódicos.

c) El hecho que el salario, mientras la existencia del trabajador que el estado garantiza por un lado siga asegu­rada y por el otro no mejore mucho con los “incentivos”, sea poco idóneo como “palanca”, ha llevado a los hombres y mujeres del PCUS a sacar conclusiones muy sugestivas.

La primera es que hay que continuar como hasta ahora, pero haciendo las cosas con más energía y precisión. Viejos “movimientos” de diversos tipos recobran, entonces, fuerzas: el de “los renovadores” va contra la acostumbrada rutina y quiere aventurarse en lo nuevo; otro opera con la consigna de “incorporar a los trabajadores a la lucha por reducir los gastos en la producción”; y por supuesto tambien están las jornadas de trabajo extraordinarias en los días conmemorativos.

La segunda es que, lo repiten en voz cada vez más alta, habría que dejar los alicientes en un segundo plano y amenazar más, también con la pérdida del puesto de tra­bajo. Pero los dirigentes del partido y del estado no se hacen eco de esta conclusión. Aunque partidarios de los castigos correctivos en los casos en que las pacíficas cos­tumbres socialistas son violadas por borrachos, pendencie­ros, o incluso disidentes, permanecen fieles a la “conquis­ta” que los diferencia a las claras del capitalismo: el dere­cho al trabajo, o sea la existencia modesta y segura del trabajador es intocable.

La tercera es que al partido se le ocurre pensar que, según su propio legado tradicional del “obrero como ser bondadoso”, quizá sea una eventual “inmadurez moral” la traba del progreso social. Entonces desde el secretario general hasta la pancarta en la fábrica recurren a la repri­menda moral y pública de los trabajadores por su falta de disciplina. Por esta senda moral se transita hoy en la URSS para expandir las “fuerzas productivas”, un indicio muy claro que allí no hay ni planeamiento ni capitalismo.